En la cotidianeidad es común escuchar frases como “está actuando como un niño” o “es muy infantil” cuando un adulto se muestra egoísta, impulsivo o emocionalmente desregulado. Esta comparación, aunque intuitiva, tiende a simplificar en exceso situaciones complejas y a ocultar las condiciones personales y relacionales que sostienen ese tipo de conductas y que de ser vistas se podrían atender. 

Calificar como infantil lo que le ocurre a una persona adulta, resulta tan  injusto para los niños como para los adultos. Veamos por qué. 

1. Los adultos y los niños no parten del mismo nivel de desarrollo.

Un niño está en pleno proceso de construir sus capacidades emocionales y cognitivas. Su cerebro, especialmente la corteza prefrontal, aún no ha madurado lo suficiente para permitirle una regulación autónoma y constante de sus impulsos. Así mismo, está aprendiendo a reconocer, tolerar y expresar emociones intensas como la ira, la frustración o el miedo, y necesita del acompañamiento adulto para lograrlo.

En tanto entendemos que esto es esperable en un niño, estamos dispuestos a ofrecerles nuestra guía para frenar comportamientos riesgosos, calmarse, interpretar lo que siente y aprender a responder.

Con los adultos, en cambio, solemos tener otras expectativas. Damos por hecho que una persona adulta será capaz de regularse, comunicarse de forma asertiva, asumir responsabilidad por sus actos y considerar el impacto de su conducta en los demás. Sin embargo, la experiencia muestra que esto no siempre ocurre.

Atribuir estas dificultades a que un adulto “tiene la emocionalidad de un niño”  suele enmascarar fallas en las competencias socioemocionales que se esperarían para su nivel de desarrollo, tales como un sistema de autorregulación desarrollado, experiencias sociales acumuladas que le permiten discernir lo correcto de lo incorrecto, habilidades lingüísticas y cognitivas superiores o capacidad para pedir ayuda.

2. La etiqueta “infantil” interfiere con la compasión.

La carencia de competencias no es la única razón por la que una persona adulta puede presentar conductas que tachamos de infantiles. Si este tipo de respuestas tienden a ser reiterativas o emocionalmente intensas, pueden estar asociadas a diversos factores: heridas emocionales de la infancia no elaboradas, experiencias traumáticas, altos niveles de estrés, estrategias de afrontamiento inadecuadas o entornos familiares donde no existieron modelos saludables de regulación emocional.

Cuando calificamos a una persona adulta como “infantil”, dejamos de  preguntarnos sobre lo que realmente le puede estar pasando y limitamos, así, nuestra capacidad para ponernos en su lugar y generar compasión. Si la persona nos interesa, si el vínculo es valioso podríamos tratar de comprender e invitar a ese adulto a que atienda su sufrimiento con responsabilidad. 

Y la compasión con los extraños tampoco está de más. Recordar que todos podemos tener un mal día amplía la mirada y reduce la rigidez del juicio.

3. Comparar a los adultos con los niños dificulta mantener vínculos sanos.

Calificar a alguien cercano como “infantil” suele colocarnos en una posición de superioridad moral que congela a la otra persona en una versión dañina de sí misma. Esto  tiende a endurecer el trato, aumentar la frustración y, con frecuencia, invisibilizar nuestra propia participación en la dinámica relacional.

Aunque el rótulo pueda aliviar momentáneamente la molestia que genera la desregulación ajena, no trasciende la crítica, no dice nada de lo que está pasando y no aporta elementos para mejorar la relación. Si nos permitimos pensar más allá de la ofensa, abrimos la puerta a decisiones más serenas, conversaciones más claras, límites más realistas y menor desgaste emocional.

No se trata de excusar las faltas del otro, sino de nombrarlas con mayor precisión y entender su impacto real en el vínculo.

4. Llamar “infantil” a un adulto desvaloriza lo que realmente implica ser niño.

Decir que un adulto actúa como un niño refuerza la idea errónea de  la infancia como sinónimo de torpeza, capricho o incapacidad. En realidad, la infancia es la etapa donde se están aprendiendo las competencias que al adulto le corresponde desplegar.

Es importante entender que los niños no “hacen drama”,  están aprendiendo a sentir y a entenderse, y los adultos no “actúan como niños”, están mostrando grietas emocionales no resueltas. Confundir ambas cosas invisibiliza el esfuerzo emocional y cognitivo que implica crecer.

Hacerte preguntas es más útil que poner rótulos.

Si una relación te afecta o te genera malestar, puede ser más transformador dejar de lado los juicios automáticos y reemplazarlos por preguntas que amplíen tu comprensión y tu margen de acción:

– ¿Qué situación desbordó a esta persona?

– ¿Cuál es mi grado de responsabilidad en esa situación?

– ¿Qué habilidad no está pudiendo desplegar?

– ¿Qué límite necesito poner yo?

– ¿Es esta una relación sana para mí?


¿Cuándo es buena idea hablar con una psicóloga o psicólogo?

Ahora bien, si las dificultades son persistentes, generan sufrimiento significativo o afectan de manera reiterada tus vínculos personales, laborales o familiares, es recomendable que consultes con un profesional en psicología. Un proceso terapéutico permite comprender en profundidad las dinámicas implicadas, identificar recursos y límites, y trabajar de manera responsable sobre el malestar emocional involucrado.

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