«Estuve en una fiesta y sentí que nadie quería bailar conmigo… es porque soy demasiado alta y mis huesos pesan». 

«La otra vez estábamos en la fila para el almuerzo y me di cuenta que todos habían crecido, menos yo. Es que soy el más bajito».

«Sabes, odio mi frente, es que es tan grande… traté un corte con flequillo, pero no tengo cara  para flequillo… ¿Tú qué crees?

«Ella es tan linda y quiero, pero no me dejo de comparar porque mis piernas son muy flacas, les falta músculo… Ya le dije a mi mamá que quiero ir al gimnasio».

«¿Has visto mi pelo? Parece que tuviera un casco. Mi papá me dice que no es así, pero es mi papá y, pues, no me va a decir que me veo mal. Eso sí, me dijo que probara cortes hasta que encontrara el mío».

«Mira, yo creo que la belleza física es una ventaja, las personas te van a decir que no y luego las ves horas en un salón de belleza».

«Yo no me pongo faldas cortas porque tengo las piernas muy gorditas». 

«Estoy preocupada, dejé de ponerme camisetas sin mangas porque mis brazos no están bien definidos… y sé que no es normal».

«Nunca se me va a olvidar que, una vez, mientras esperaba el bus del colegio, una vecina me dijo que metiera panza. Yo tenía 6 o 7 años, no me acuerdo. Ja, ja, ja, estaba muy chiquita y mi papá, no sé, cómo que no se dio cuenta o no le dio importancia… El caso es que ahora me la paso metiendo panza”.

A ratos, parece que el cuerpo para lo único que sirve es para preocuparnos.

Los testimonios que leen son una adaptación de mis vivencias mientras crecía y de situaciones que veía cuándo acompañaba a mi hijo a tomar su bus del colegio. Y esto me llevó a reflexionar que hay vivencias que son atemporales: el cuerpo fue y es una gran preocupación. 

¿Cómo me veo? y ¿cómo me ven los otros? Son las dos preguntas en las que nos movemos y, a veces, sentimos que nos asfixian. 

Aunque, pueden estar presentes desde muy pequeños, por lo general, toman fuerza alrededor de los 11 o los 12 años, y pocos se salvan: hombres y mujeres las viven, y, si bien su expresión puede ser diferente, ahí están susurrando al oído. 

Y pueden mantenerse por décadas; por eso, se ven mamás que señalan con naturalidad los defectos que ven en los cuerpos de sus hijos, abuelas que siguen haciendo comentarios negativos sobre su propio peso o papás que opinan si la profesora de su hijo es bonita o no. 

Recuerdo que, siendo adolescente, una amiga me compartió que su papá opinaba mucho sobre el aspecto físico de todos, incluído el de ella, y que a ella le parecía que esto no estaba bien. Y, pues sí, no lo estaba, pero en ese momento no supimos qué hacer con esa observación tan acertada, pues estábamos -y estamos- metidas de cabeza en una cultura en la cual, con toda soltura, vamos haciendo comentarios del cuerpo de otros.

Es común tropezarse con muchas contradicciones. Por un lado, se nos dice que la belleza no es lo más importante y, por el otro, muchos invierten una gran cantidad de su energía y su tiempo cuidando de su imagen física: pasan horas en el gimnasio o el  salón de belleza, no les falta la crema para peinar y la mascarilla semanal, todos los días se miran al espejo buscando canas y arrugas o ven todos los videos de yoga facial que les muestra su algoritmo. 

Por eso, entiendo que es difícil no sentirse confundido, pues te pueden hacer sentir mal por preocuparte por un tema por el que se preocupa la mayoría de las personas.  Entonces, puedes sentir que estás solo enfrentando unas dudas, que, a lo mejor, crecen sin parar: a la pregunta de si me veo bien o no, se pueden sumar, las preguntas de si soy superficial o no, o hasta dónde son normales mis ganas de verme bien. 

Más allá de que seas superficial o no, de si deberías estar ocupándote de temas «más serios» o no, de que los adultos te digan que la belleza interior es lo más importante y  no te lo creas; vamos a ver cuáles conductas o actitudes pueden estar reflejando que esto se te está saliendo de control y que estás alimentando la tristeza y la angustia. 

Los testimonios de este artículo nos dan algunas pistas y, además, te comparto otras:

1. Sientes que para pasarla bien, sí o sí, tienes que verte igual que una modelo de Instagram. 

2. Se te ha metido en la cabeza la idea de que todos te rechazan por tu aspecto físico. 

3. Podrías estar haciendo algo más entretenido -salir con amigos, ver una serie, jugar videojuegos- que estar frente al espejo mirándote y criticándote. 

4. Te comparas con tus amigos y compañeros y te obsesionas con la idea de que no eres igual a ellos en algún aspecto qué te parece muy importante para encajar: tu talla, tu altura, tu ropa.

5. No estás conforme nunca con los cambios que haces.

6. No le crees a nadie que te diga lo contrario a lo que piensas de ti mismo: “soy feo”, “soy muy bajita” o “estoy muy gordo». Descartas cada opinión positiva con estas frases o parecidas: “pero es que es mi papá, “pero es que es mi mejor amiga o «él que va a saber, si no en experto». Incluso te adelantes diciendo: «yo sé que si te pregunto, no me vas a decir la verdad».

7. Un comentario del pasado parece tener un peso que te aplasta. No te puedes sacar de la cabeza lo que alguien dijo de ti y, entonces, vives metiendo la panza, no te pones los pantalones que antes te gustaban o no te parece que tus orejas sean normales. 

8. Crees firmemente que la belleza física es el tiquete a una vida perfecta,  pues tienes la fantasía de que los modelos y actores son más felices que el resto de los mortales. 

9. Quieres ir al gimnasio solo para tener el cuerpo para la foto de tik-tok y, mientras lo consigues, te niegas a tomarte fotos en vestido de baño.

10. Dejas de ponerte ropa que te gusta o con lo que te sientes cómodo porque crees que no tienes el cuerpo para lucirla. 

11. Estás pidiendo constantemente opinión sobre tu aspecto físico. 

12. Estás mirando constantemente cuentas sobre alimentación saludable o de consejos para mantenerte en forma, y son tantas las que visitas, que ha empezado a generarte angustia tanta información contradictoria.  

13. Has bajado mucho de peso y prefieres la ropa holgada para que no se vean tus formas.

14. Te obsesionas con una parte de tu cuerpo y exageras lo mucho que afecta tu aspecto físico.

15. Una parte de ti sabe que te estás preocupando excesivamente por tu aspecto físico.

Si has caído en la cuenta que más de uno de estos puntos hablan de ti -y, por lo general,  suele ser más de uno-, es importante que detengas tus pasos y te preguntes: ¿qué tan sano será pensar, sentir o actuar así? . A lo mejor, en este momento no sientes que esto te agobia, te produce una tristeza profunda o te aleja del mundo, pero puedes estar sembrando una mala cosecha. 


¿Cuándo es buena idea hablar con un psicólogo o psicóloga?

Este ejercicio es válido hacerlo por tu cuenta y, si descubres que quizás la cosa no pinta tan bien como tú creías, es importante que acudas a un adulto de confianza para contarle cómo te estás sintiendo y que entre los dos decidan qué se puede hacer.  

 Y si de entrada sospechas que la preocupación por tu aspecto físico es excesiva, vale la pena que acudas a un psicólogo porque la mejor parte de ti está pidiendo ayuda.

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