A veces alguien dice o hace algo que te hiere como una crítica que te parece injusta, una burla, un comentario ofensivo o un rechazo sutil o no tan sutil, y te quedas paralizado o sin saber cómo responder. 

Por ejemplo, un compañero te dice que por tu culpa perdieron el partido de fútbol y aunque sabes que el fútbol es un deporte de equipo y no es justo responsabilizar a una sola persona, te quedas mudo. Tu reacción puede deberse a que el comentario removió algo que tú ya crees de ti, como la idea de que no eres lo suficientemente bueno. 

O quizás una amiga empezó a alejarse y en los descansos ya no te espera para estar juntas y ya no quiere hacer trabajos contigo, y aunque con palabras no dice nada, su distancia te hace pensar que algo debe estar mal en ti y que debes cambiar, pero no sabes qué. 

Las situaciones que resultan dolorosas en la adolescencia son tan variadas que es imposible resumirlas en unas pocas historias. Y cuando otras personas, con las mejores intenciones, te dicen que “no le des tanta importancia” o que “lo único que vale es lo que tú pienses de ti”, puedes frustrarse aún más, pues a la ofensa percibida se suma la sensación de no saber cómo manejar lo que sientes, como si no fueras lo suficientemente fuerte o resiliente.

Es cierto que muchas veces estás siendo tratado injustamente, o que la reacción de tu compañero fue exagerada, o simplemente que tu amiga no sabe expresar sus  sentimientos y es normal que sientas rabia, tristeza o dudes de ti. Estas reacciones son totalmente naturales, incluso en adultos que parecen tranquilos y seguros, pero si te quedas atrapado dándole vueltas a lo sucedido —buscando dónde fallaste, cómo debiste responder o convenciéndote de que el otro es una mala persona— corres el riesgo de alimentar emociones que te dañan y perder la oportunidad de aprender de la experiencia.

Hoy quiero invitarte a trabajar con esas vivencias que te duelen, revisarlas con calma y descubrir si tu reacción te muestra algo sobre cómo te estás viendo a ti misma y cómo estás entendiendo el mundo. 

Si estás leyendo esto, seguramente te interesa conocerte más allá de lo que dicen los test de personalidad que rondan por internet (que no están mal, pero muchas veces no te dicen nada que no sepas ya).

Empecemos.

Paso 1.  Escribir la ofensa

Tómate el tiempo de escribir tu experiencia, no la dejes en tu cabeza. Escribirla hace toda la diferencia, pues te permite sacarla de tu mente, lo que facilita que la observes de una manera menos emocional y llegues a conclusiones más objetivas. 

Paso 2.  ¿Qué parte de mí se siente tocada?

Aquí se parte de la idea de que cuando nos sentimos heridos por algo es porque ese evento tocó una parte de nuestro ego que se siente amenazada. Y simplificando, vamos a decir que el ego es la imagen fija que tenemos de nosotros mismos sobre quiénes somos y cómo deberíamos ser tratados y que nos lleva a preocuparnos desmedidamente por estar bien en todo momento y lucir bien frente a los otros. 

Por ejemplo, imagina que un amigo te dice algo como: “Siempre quieres tener la razón” y de inmediato sientes molestia, ganas de discutir o de alejarte.  Preguntarte: “¿Por qué esto me molesta tanto? o ¿Qué parte de mí se siente atacada?”, puede llevarte a descubrir que tal vez lo que te duele no son las palabras, sino que tienes una imagen de ti como alguien justo, inteligente o comprensivo, y ese comentario hace tambalear esa identidad y el enojo aparece para proteger esa idea.

Paso 3.  La ofensa como espejo

Piensa que cada vez que algo nos irrita, tenemos la oportunidad de conocernos mejor, el malestar puede revelar una parte de nosotros que necesita reconocimiento, seguridad o validación.

Pregúntate: ¿Qué necesidad mía queda al descubierto?,  ¿Temo no ser suficiente, no ser visto, no ser querido?

A veces, lo que más nos ofende refleja algo que nos cuesta aceptar de nosotros mismos. Por ejemplo, si te molesta que alguien sea presumido, tal vez dentro de ti hay una parte que también desea reconocimiento y no se lo permite.

Y otras, podemos sentir envidia ante una cualidad que queremos tener. Por ejemplo, te irrita alguien que parece muy seguro en su trato con las personas. Quizás este sea un aspecto de ti sobre el que dudas o sobre el que tienes que trabajar.

Paso 4.  Responder con sabiduría 

Ya que te tomaste el tiempo de hacer esta reflexión puedes usar tus conclusiones para tomar una decisión que te haga bien a ti y a los otros. Saber lo que la situación movió en ti, te ayuda a determinar la magnitud de la ofensa y te regala claridad sobre qué debes trabajar en ti o pedir de los otros. Puedes decidir hablar,  poner un límite o soltar a esa persona que no te conviene, pero con conciencia y no con el impulso que nace de las emociones intensas. Cada vez que haces esto, tu ego se suaviza un poco y la emoción se convierte en sabiduría.

Por último, recuerda que cuando empiezas a mirar tus reacciones con curiosidad, las ofensas dejan de ser heridas y se vuelven espejos que te muestran lo que tu corazón todavía necesita cuidar o soltar. Y baja la necesidad de pelear con los demás o hacerte reproches porque sabes que lo que antes te dolía ahora te enseña.


¿Cuándo es buena idea hablar con un psicólogo o psicóloga?

Reflexionar sobre lo que te duele puede ayudarte mucho, pero no siempre es suficiente hacerlo solo. Es importante buscar ayuda cuando:

  • Las críticas, rechazos u ofensas te hacen dudar constantemente de tu valor.
  • Te quedas atrapado pensando en lo mismo durante días o semanas.
  • La tristeza, la rabia o la vergüenza aparecen muy seguido y no sabes qué hacer con ellas.
  • Te callas todo, te aíslas o explotas y luego te arrepientes.
  • Sientes que “no sientes nada” o te cuesta mucho entender qué te pasa.
  • Te cuesta confiar en los demás o expresar lo que sientes, incluso con personas cercanas.
  • Lo que te pasa empieza a afectar el colegio, tus amistades o cómo te sientes contigo mismo.

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