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Padres

Cuando tu hijo ya no es un niño, pero todavía te necesita.

Cuando tu hijo ya no es un niño, pero todavía te necesita.

Aunque tu hijo siga viviendo contigo, siga necesitando límites, comida y, en general, alguien que esté pendiente, en la adolescencia es natural que quiera afirmar su independencia y,  cómo nunca lo ha hecho, es probable que use estrategias poco asertivas para hacerse escuchar. Puede haber pequeñas discusiones cuando se le dice qué hacer o cómo hacerlo, cuestionamientos fuertes a tus sugerencias o una negativa absoluta  a hablar contigo sobre sus amigos.

Está etapa puede ser compleja de atravesar como padres, pero qué  tanto duela o moleste depende no solo de las actitudes y comportamientos de tu hija, sino también de tu reacción. Iniciar por aceptar que ella ya no te necesita como cuando era pequeña  y que va a cometer errores en su tránsito hacia la autonomía te puede ayudar a soltarla de una manera cuidadosa y amorosa. 

Te comparto algunas claves que pueden ser útiles para lograr esta aceptación y que tu vivencia de este momento sea más tranquila. 

La rebeldía tiene un sentido profundo en el crecimiento. 

La rebeldía entendida como un cuestionamiento a  las rutinas, las normas y los valores establecidos por ti es necesaria para que los apropie verdaderamente. De lo contrario, corre el riesgo de ser un adulto que actúa por miedo a las consecuencias o por conformismo frente a lo que está establecido, pero que no está actuando con una comprensión real sobre lo que le es beneficioso. 

La adolescencia es una etapa en la que se intentan responder preguntas internas muy profundas: ¿Quién soy? ¿Qué me gusta? ¿En qué creo? ¿Hasta dónde puedo decidir por mí mismo?, y para resolverlas va a cuestionar, cuestionar y cuestionar.  Entonces, cuando se muestra desafiante no lo hace solo por tener la razón o por ganar una pelea, está recogiendo información valiosa para resolver sus dudas. 

A veces lo va a hacer con argumentos bien pensados, y otras con torpeza, impulsividad o mala forma y, esto es importante corregirlo, pero sin perder de vista que no se trata de una batalla por el poder (ese lo conservas tú), se trata más bien de entender que ya no puede seguir viviendo solo desde la obediencia.

El cuidado y el control no son lo mismo.

Frente a las nuevas libertades de la adolescencia (noviazgos, salidas sin supervisión o el uso del transporte público) es natural que, así mismo, en los padres aparezcan miedos nuevos: a los peligros del entorno, a las malas influencias o a las decisiones equivocadas. 

Cuando el miedo crece, muchas veces también crece el control y, entonces, vigilar redes sociales, prohibir amistades de forma arbitraria o imponer castigos rígidos puede sentirse como la única forma de cuidar. Pero es vital entender que el objetivo nunca puede ser ejercer un dominio absoluto sobre el comportamiento, sino construir un marco de límites que permita el crecimiento mientras se minimizan los riesgos.

Ten presente que nadie puede asegurarte al 100% que a las personas que amamos no les va a pasar nada, por eso para cuidar, sin asfixiar, se requiere algún grado de confianza en lo que has enseñado y en las capacidades de tu hijo. De entrada, puedes tener presente tres claves: 

- No es lo mismo un chico de 12 años que uno de 16. Los permisos deben evolucionar según la madurez demostrada.

- No se trata de ceder a todo ni de negarlo todo de tajo; la clave está en negociar para llegar a acuerdos donde tu hija gane autonomía y tú ganes tranquilidad. 

- La autonomía se entrega a cuentagotas. No se suelta a un adolescente en medio de la noche de un día para otro; se va de menos a más: ir solo al centro comercial, caminar por el barrio un sábado por la mañana o regresar del colegio con amigos. Cada familia marca su ritmo según su contexto.

Un modelo disciplinario rígido e inflexible va a conducir a discusiones constantes, mentiras para evitar castigos, silencios largos, peleas que escalan más de lo necesario y todo esto tendrá repercusiones negativas en la  relación con tu hijo. En esta etapa, tu mejor herramienta no es el castigo, sino la calidad de tu relación.

Si tu hija siente la confianza de acercarse a ti cuando tiene dudas, cuando no sabe cómo manejar una presión social o cuando se ha equivocado, ya tiene el factor protector más poderoso que existe. Una relación sana con una figura de autoridad es, en última instancia, el mejor sistema de seguridad para un adolescente.

Escuchar fortalece la autoridad.

Escuchar a tu hijo puede ser una experiencia maravillosa si logras que el temor al momento no te gane la partida, pues es una oportunidad para redescubrir muchas experiencias viejas con ojos de adulto y, ¿por qué no?, reconectar con la intensidad de las primeras veces. Es darse cuenta que la adolescencia no es solo presión de grupo, miedo a quedar mal, rebeldía o exposición a riesgos, es también una  etapa en la que se tienen  experiencias significativas y muy potentes: se dan  los primeros amores; las amistades se vuelven profundas; se comienzan a dar los primeros pasos, lejos de la influencia de los padres; se elige desde un estilo personal hasta un oficio.  

Definitivamente, vale la pena abrirse a lo que tu hija tiene que decir. Pero, ¿cómo hacerlo en el día a día?

- Preguntar sin presionar. Una respuesta del estilo: “bien”, “nada” o  “normal”, en ocasiones, es todo lo que tu hijo tiene por decir y puede ser suficiente para mantener el canal de comunicación abierto. Que tu interés no se traduzca en invasión, no exijas de más, no interrogues si no hay señales de que algo perjudicial puede estar pasando . 

- Corregir con calidez. No señales solo el error, trata de revisar con tu hija las razones de su fallo; no le hagas sentir que no tiene ni idea de lo que está hablando y tómate siempre el tiempo de explicarte. Esto te permite marcar los límites sin invalidarla. 

- Validar su voz en las normas. Escuchar su opinión sobre qué reglas podrían  flexibilizarse, permite que tu hijo sienta que su opinión sobre sí mismo cuenta. Este tipo de conversaciones es  una herramienta muy inteligente  para ayudarle a calibrar el concepto que tiene de sí mismo. Para nada se trata de darle todo lo que pide, pero sí de darle lo que necesita porque quizás ya ha ganado cierta  madurez en su autocontrol y una norma específica viene sobrando. 

- Hacer espacio para la crítica.  Escuchar sus frustraciones, incluso cuando tienen que ver contigo u otros miembros  de la familia. Negar sus sentimientos “porque de la familia no se habla mal”o “porque al adulto se le respeta”,  invita al silencio y a la contención de las emociones. 

Escuchar fortalece el afecto y el afecto es la base de una autoridad sana. Así como cuando era niña el amor se demostraba jugando con ella y curando sus raspones, en la adolescencia el afecto se cultiva escuchando y respetando sus ritmos y su intimidad.

¿Cuándo es buena idea hablar con un psicólogo o psicóloga?

Cuando la rebeldía deja de ser un desacuerdo puntual y se convierte en una hostilidad persistente que imposibilita la convivencia, o cuando el deseo de privacidad se transforma en un hermetismo absoluto. Si el hecho de “reservarse ciertas cosas” implica mentiras sistemáticas sobre situaciones de riesgo, aislamiento total o una ruptura definitiva de los canales de comunicación, la intervención profesional puede ayudar a mediar en el conflicto, descartar problemas de salud mental subyacentes y brindar herramientas a los padres para reconstruir un vínculo basado en la confianza y no en el control asfixiante.

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